Las turberas son humedales caracterizados por la acumulación superficial de turba: materia orgánica, principalmente vegetal, descompuesta parcialmente en condiciones de anegamiento y bajo oxígeno. La turba se acumula en capas de apenas 0.5-1 mm por año, formando un depósito de carbono almacenado durante miles de años.
Las turberas ocupan aproximadamente un 3 % de la superficie terrestre y, aunque están presentes en diversos lugares, la mayoría se encuentra en el hemisferio norte, en zonas climáticas templadas, boreales y subárticas. Actualmente, el 10 % de las turberas mundiales está siendo drenado o explotado. En muchos países europeos, más del 50 % de las turberas se ha perdido por su transformación para uso agrícola, forestal o la extracción de turba. A estas amenazas se suma el cambio climático, ya que estos hábitats son muy vulnerables a las fluctuaciones climáticas y a las alteraciones en sus cuencas de recepción.

La Unión Europea incluyó la restauración de las turberas en el Reglamento de Restauración de la Naturaleza aprobado el pasado año. A pesar de ello, la turba sigue siendo extraída para la producción de energía, compost y estimulantes de crecimiento utilizados en jardinería y horticultura. Si has comprado compost sin revisar su composición, es probable que contenga turba, etiquetada como «peat» en inglés.
El uso intensivo de la turba no solo reduce la capacidad de las turberas para almacenar carbono, sino que también libera gases de efecto invernadero, agravando el cambio climático. Además, la comunidad de seres vivos que habita estos ecosistemas, está muy especializada en ellos y es altamente sensible a las alteraciones ambientales. Varios estudios han evidenciado el declive de invertebrados en turberas degradadas y su recuperación en aquellas sometidas a restauración.
En el caso de los insectos, las turberas les ofrecen una gran variedad de hábitats. Se estima que una sola turbera puede albergar docenas de insectos que dependen estrictamente de estos entornos, junto con cientos de especies asociadas, pero no restringidas a estos ecosistemas. La detección de estos insectos está permitiendo monitorizar el estado de conservación de las turberas.

Por ejemplo, los juveniles de libélulas y caballitos, como Leucorrhinia dubia y Leucorrhinia rubicunda, se desarrollan en las aguas ácidas de las turberas, donde el pH limita la presencia de peces depredadores. La abundancia de material vegetal en el agua también les ofrece un refugio frente a la depredación.
Muchos insectos herbívoros se han adaptado a las plantas que prosperan en los suelos húmedos y ácidos de las turberas. Vaccinium uliginosum, una planta típica de estos ecosistemas, es la única fuente de alimento para las mariposas Colias palaeno y Vaccinia optilete. De manera similar, el pulgón Symydobius nanae se alimenta exclusivamente del arbusto Betula nana, característico de las turberas y la tundra.
Entre los escarabajos y las hormigas, también hay especies adaptadas al entorno de humedad, acidez y cobertura vegetal que proporcionan las alfombras de los musgos del género Sphagnum. Algunos ejemplos son el carábido Agonum ericeti o la hormiga Myrmica lobifrons, que construye sus nidos en este tipo de musgo.
Como ves, al elegir compost sin turba, contribuyes a preservar las turberas y a proteger una comunidad de especies única. Si, además, quieres que tu jardinería sea aun más respetuosa con la naturaleza, aquí te dejamos una guía del Ministerio y Amigas de la Tierra para aprender a producir tu propio compost.
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